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Desafío

Rafael Loret De Mola

Andrés, en la etapa inicial de su gobierno, asume un tono ponderado y serio sobre todo cuando se trata de analizar la posición de México ante las bravatas insanas de la Casa Blanca. Incluso dijo, textualmente y cuando andaba en campaña, que se comprometía al llegar a la Presidencia a “hacer entrar en razón” a Trump y sus asesores en comercio y política exterior.

Algo que, por el momento, no han logrado los aliados más connotados del anaranjado.


Y lo anterior quedó evidenciado, hace un año, en el pequeño círculo del G/7, que aglutina a las economías líderes del universo, en donde el jefe de la Casa Blanca casi rompe con sus socios comerciales creando conflictos diplomáticos con Francia, primero, y Canadá, después, porque no se quedaron con la boca callada ante las altanerías del estadounidense más vergonzoso del que tengamos memoria. En México sólo sería comparable con la execrable “Alteza Serenísima”, Antonio López de Santa Anna, en el siglo XIX.


Más de ciento cincuenta años separan a los dos personajes pero sus similitudes no dejan dudas. El interés por exaltar su mitomanía exacerbada –los enfermos de mentiras suelen creer, a pie juntillas, que son verdades porque ellos las proclaman-, y su ausencia de escrúpulos para observar a sus adversarios como simplemente humanos, retratan con fidelidad el orden que impone el “pato” Donald Trump en sus recorridos por el mundo.

¡Y dice, además, que está luchando por la paz mundial cuando no tolera, siquiera, a sus aliados!


Más allá de la reunión con Kim Jong-un, líder norcoreano, Trump puso las reglas para las relaciones viciadas con los Estados Unidos, asumiendo como su derecho enriquecer a su país, sacándolo de la mayor deuda externa que nación alguna tiene -¡pobrecitos norteamericanos!-, a costa de depauperar a todos los demás, obligarlos a hincar las rodillas y a mantenerse bajo la influencia del gigante occidental y ante las carcajadas de Putin, de Rusia, quien lo instaló en la Casa Blanca, y de los dirigentes asiáticos que son los únicos dispuestos a enfrentarlo en igualdad de circunstancias.


En estas condiciones es bastante audaz insistir en que, sólo con palabras, Andrés podrá hacer “entrar en razón” al potentado que se cree político y, a partir de entonces, lograr hacer fluir las relaciones bilaterales sin el menor conflicto.

Una utopía que se sale del guion habitual y es, sin duda, un enjambre de fantasías demagógicas que revela la urgencia del candidato casi vencedor –faltan solamente doce días para definirlo-, en mantenerse a flote sin entrar, de lleno, a la discusión con los operadores del señor Trump. Casi parece como un alumno más de la Universidad de Harvard cuando apenas cruzó la frontera no hace siquiera tres años.


Tal actitud de Andrés, contraria a su condición de beligerante contra las intromisiones que socavan la soberanía de México, responde, con claridad, a las interrogantes sobre si el fraude electoral –que algunos pensaron construir- tendrá alguna efectividad. Es evidente que no.


La Anécdota


Cando aún despachaba en la jefatura de gobierno del entonces Distrito Federal, conversé largo con Andrés sobre sus pretensiones presidenciales. Corría el año de 2003 y ya estaba el funcionario engolosinado con la “silla grande” en donde también se sentaron Villa y Zapata.


–Lástima que no serás presidente –me adelanté a sugerir entra la extrañeza del dirigente.

–¿Por qué dices eso? –saltó casi de su sillón el aludido-.
–Porque no hablas inglés y esto, en el mundo moderno, es una casi obligación de los estadistas.


Reviró Andrés, claro:
–Pero no tengo tiempo; me levanto a las cinco de la mañana y no paro.
–Pues, entonces, levántate a las cuatro y ponte al día con sesenta minutos dedicados al aprendizaje.
–¡No, hombre! ¿Por qué no lo haces tú? –me preguntó, provocativo-.
–Por una simple razón: no pretendo ser presidente de la República.
Y luego llegó el silencio salvador.

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