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CRÓNICA I César Martínez, del Istmo de Tehuantepec, el último maestro de la CNTE en dejar el Zócalo

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Mirada en alto, bigote tupido, huaraches, el maestro César Martínez, del Istmo de Tehuantepec, no se quiere ir del Zócalo capitalino al que llegó la tarde del 21 de agosto para impedir la promulgación y aplicación de las tres leyes secundarias que conforman la Reforma Educativa. Vivió frente al balcón de Palacio Nacional 24 noches. No hubo marcha en la ciudad de México en la que él no estuviera. Ni grito al que no se sumara. De hecho, él es autor de algunas consignas que a fuerza de coreo, se quedaron en la memoria de este movimiento.

Pero todo eso ya es cosa del pasado porque Daniel Rosas, un colega suyo de la misma región, le suplica que recapacite. Le está diciendo que, por favor, aviente todo al fuego, que ahí deje la casa de campaña, que se olvide de las latas de atún y chiles y que, por favor, corra.

Le está brindando la hora en voz alta: las 4:30. Las 4:30, maestro. Las 4:30… Le está diciendo con una voz que ya tornó al enojo: ¡Somos los últimos! No falta mucho para que de negro, coraza transparente, apariencia de querer y poder llegar a donde sea, cientos de granaderos atraviesen la plancha de la Plaza de la Constitución y tiren petardos en la esquina de Venustiano Carranza y 20 de Noviembre donde se encuentra la última barricada para defender el campamento montado para resistir a la promulgación de la legislación que ordena evaluación única para los profesores de México. La otra muralla de cartón y fierro, la de la calle de Palma, la montada desde las 10 de la mañana y que aparentaba ser el punto estratégico de la defensa del Zócalo, no parece preocupar a los Granaderos. Ni siquiera pasarán por ahí en su carrera.

A esta hora ya está deshecha, aniquilada y sus residuos son plástico amarillo a medio chamuscar. Si alguna vez fue algo, hoy no es más que una revoltura de carbón y papel con hedor. En general, el Centro Histórico huele a quemazón. En cada punta de la plaza pública más grande del país, hay fogatas atizadas por zapatos, palos, ropa, cosas, muchas cosas. Lo que dice el profesor Daniel Rosas es cierto: es cosa de nada para que los Granaderos dejen la calle de Moneda y la de Pino Suárez, donde se apostaron desde las nueve de la mañana, y persigan a cualquiera que intente estar en el Zócalo entre estos fuegos. Tienen la orden de completar el desalojo. Y ya se sabe –porque así lo ha dicho el comisionado de Seguridad, Manuel Mondragón y Kalb- que serán apoyados por elementos de la Policía Federal si la resistencia es firme.

Pero el profesor César Martínez parece no tener sentido de las cuentas regresivas porque prefiere detenerse ante una grabadora y que su rostro quede grabado en un celular. -No, no, no. El acuerdo fue otro. El acuerdo fue resistir. Hace rato hubo asamblea y la base magisterial dijo que íbamos a resistir. Por eso yo soy el último. Porque el acuerdo fue otro. -Pero si ya se fueron todos, profesor… -Pero los movió el miedo. ¿Qué hace un palo ante una tanqueta? ¿Qué hace un palo entre este humo? Que no quede piedra sobre piedra, les dijeron. – ¿Cómo y cuántos son sus alumnos? -Son 17. Tienen discapacidad. Mis alumnos son pobres, indígenas y con discapacidad. No hay ningún proyecto educativo para mis alumnos. Por eso quise ser el último.

EL EMPLAZAMIENTO

Hace tres horas, Héctor Serrano, secretario de Gobierno del Distrito Federal, descendió de un coche en 20 de noviembre, acompañado de Enrique Galindo Ceballos, comisionado de la Policía Federal (PF). En la esquina de 20 de noviembre y Venustiano Carranza, donde se encuentran los almacenes de Liverpool y El Palacio de Hierro, dialogaron con una comisión de la CNTE. Eran integrantes de la sección 22. Del diálogo, surgió un emplazamiento. A las 16:00 horas no debía estar ningún maestro en el Zócalo. Ni nada suyo. Todo, porque el Zócalo se requiere para que el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto de el Grito de Independencia, una fiesta tradicional con la que México celebra su Independencia de la Corona Española.

Hasta la madrugada del 13 de septiembre, se creía que Peña Nieto se iría a Dolores Hidalgo. Personal del Estado Mayor Presidencial y efectivos del Ejército arribaron a ese municipio donde el cura Miguel Hidalgo y Costilla llamó a la revuelta para lograr la emancipación en 1810. Y el gobernador Miguel Márquez Márquez exclamó hace unos días con tono de esperanza: “De que hay posibilidades, las hay, es la Cuna de Independencia, y siempre se estila que el presidente venga alguna vez en el sexenio, ojalá pudiera ser en este su primer año, para nosotros sería un privilegio”. Pero en el Zócalo, nadie durmió. La posibilidad del desalojo se incrementó tanto que algunos en el campamento prefirieron cantar para hacer que el tiempo pasara con su amabilidad. Otros le gritaban al aire. A los helicópteros de la Secretaría de Seguridad Pública que habían empezado un vuelo que se volvió permanente y luego, jamás se fue.

Así llegó la tarde. Esta en que Héctor Serrano, secretario de Gobierno, ha negociado y después, no ha logrado ingresar a la plancha del Zócalo. En una esquina, ha dicho que como resabio de este movimiento, quedaban sólo unos cincuenta maestros. También, que admite que entre ellos hay renuencia a abandonar esta plaza pública. Y la razón es que hay un grupo de “esbozados” al que ya tienen identificado. El maestro César Martínez está frente a Palacio Nacional y escoge el tiempo de la cámara lenta para acarrear sus cosas.

Algo que otros concluyeron a las 2 de la tarde, a él lo tendrá en el Zócalo hasta las 4:30. “Lo primero que hay que aprender en un desalojo es la paz y la agilidad”, dijo uno de los profesores de la delegación 1-126, cuyas casas de campaña estaban en el centro de la plaza. Eran las 12 del día. Todo, en el éxodo, se volvía extremo. El apoyo y el agravio. Estar con los maestros o llamarlos “huevones”, “actores de baja monta” o “delincuentes”.

Pasan por la calle 16 de Septiembre del Centro Histórico, con mochilas y bolsas de plástico a los hombros. Pasan rápido. Unos quieren irse. Otros, quedarse donde sea. Desde los búnkers que en este momento son las sucursales bancarias, sellados con persianas y cierres metálicos; desde las tiendas Oxxo; desde las cantinas cerradas a cal y canto, los maestros oyen gritos. Lo mismo son de “¡Resistan” como: “¡Vete maldito güevón!” Todo transcurre sin pausas. Han dado las 4:30 y el profesor César Martínez está corriendo. Detrás de sí lo dejó todo: casa de campaña, ropa, latas de atún y chile, todo.

El Zócalo es de los Granaderos. Una nube negra se ha impuesto desde la Plaza de la Constitución hasta 16 de septiembre, Cinco de Mayo, Tacuba y Madero. La nube envuelve a maestros, psicólogos voluntarios, encapuchados, fotógrafos, reporteros, policías y otros que quisieron asistir y darse cita en este desalojo. Los Granaderos avanzan por 16 de Septiembre hacia el Eje Central. Van haciendo ruido con las macanas en señal de que triunfaron y algunos, brincan. Comparten el agua que traían en garrafones.

Se dan un breve baño. El Zócalo será suyo hasta la madrugada del 14 de septiembre cuando los recuerdos de los últimos 25 días se borren bajo chorros a presión. Acaba de ser estrenada la primer tanqueta del Gobierno del Distrito Federal capaz de dispersar multitudes con líquido. Esta plancha quedará limpia y es muy probable que en el amanecer, brille. Al fin y al cabo, se prepara una fiesta. La de la Independencia de la Patria. *** ¿Quién levantó las cosas dejadas tras de sí por el profesor César Martínez? La Secretaría de Obras y Servicios (SOS) del Gobierno del Distrito Federal (GDF) informó a las 20:00 horas que trabajadores de limpia habían levantado 81 toneladas de plásticos, residuos de comida y artículos propios del campamento como ropa y zapatos. Que se utilizaron 15 barredoras mecánicas, cinco pipas de agua y 48 camiones de carga. Que los trabajadores aplicaron desengrasante y litros de líquido desinfectante. La Secretaría bautizó como “destrozos” todo lo dejado en el Zócalo capitalino.

**** A las 4:45 de la tarde, en el Centro Histórico capitalino se corre, pero no se sabe para dónde. Los integrantes del Cuerpo de Granaderos y la Policía del Gobierno del Distrito Federal han formado una cápsula en el Eje Central a la altura de 16 de septiembre. Hay heridos. Son decenas. Golpes en la cabeza e infecciones en la garganta por efecto del humo de los petardos son atendidos en una ambulancia del Ejército de Rescates de Urgencias Médicas (ERUM). Si se quiere salir de la cápsula hay que formarse.

La fila hace curvas, remolinos, y está sobre una revoltura de ropa y zapatos. Algunos están distraídos. Buscan sus zapatos. Si alguien quiere salir de aquí, debe formarse y mostrar su credencial de maestro. En este punto es donde la policía ya tiene a casi 20 detenidos porque no le han mostrado el documento que acredita personalidad de docente. La tarde avanzará y el número se incrementará a 31. Cuando, de noche, cuando el Zócalo ya esté reluciente, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, podrá aparecer en conferencia de prensa y decir que durante el desalojo de los profesores de la CNTE, realizado por la Policía Federal, hubo infiltrados. Es la sospecha que tuvo Serrano a la una de la tarde.

Pero que al profesor César Martínez le importó poco. El Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, estará en posibilidad de decir que estos grupos, ajenos a los profesores, llevaban armas y objetos que volvieron violenta la situación. Luego, podrá recapitular que el gobierno federal sí dialogó con las comisiones de la CNTE y que se les ofrecieron dos sedes más para su plantón: Santo Domingo y el Monumento a la Revolución. Sobre el desalojo del Zócalo también hablará Miguel Ángel Mancera Espinosa, Jefe del Gobierno del Distrito Federal.

Ya muy noche, al cuarto para las once, dirá que la participación de las autoridades fue de diálogo y de búsqueda de caminos para este conflicto. El Jefe del Gobierno Capitalino expresará que él cumplió con su obligación de proporcionar la seguridad perimetral a los habitantes de la ciudad que está a su cargo. Dirá en unas horas, Mancera, que el Distrito Federal es una ciudad de libertades donde se privilegia el diálogo, los acuerdos y la construcción de caminos de avance. -Mire, ahí está mi zapato, ¿me lo puede pasar? –dice un profesor a punto de mostrarle su credencial a un policía federal. No se lo pone.

Prefiere llevárselo en la mano. Y corre. **** Todo volvió a empezar. La madrugada no había llegado completa y cientos de maestros montaron casas de campaña en torno al Monumento a la Revolución. Llovió. No fue una tormenta, pero alcanzó a volver frío el ambiente bajo las lonas y las casas de campaña. Como en las pasadas noches en el Zócalo, entre el silencio, surgieron gritos dirigidos hacia el cielo:

-¡Zapata vive!

Algunas profesoras dialogaron sobre la ubicación del baño más cercano. Coincidieron en que ahora –quizá- será más fácil acudir porque un gimnasio les quedó justo enfrente. También tuvieron otra coincidencia: va a ser difícil encender fogones para hervir frijoles.

–Mañana vemos eso –dijo alguien. Sobre sus cabezas,aún volaban helicópteros de la Policía Federal. Por los altavoces, se escuchó que todos están invitados al Zócalo capitalino la noche del domingo, cuando el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, de su primer Grito en la conmemoración de la Independencia de México. El profesor César Martínez estaba recargado en un muro del Monumento. Guardaba silencio. Reconocía cansancio en el cuerpo pero dijo que mañana verá cómo vuelve a montar alguna casa de campaña para vivir ahí y dormir. Lo último que pronunció fue que va a resistir.

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