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Jack el Sayanim – Capítulo IV

Por: José Ángel Solorio Martínez

Capítulo IV

–Ultimaron a Isaac–dijo el agregado militar de la Embajada de Israel.
El Embajador, y todo su cuerpo diplomático escucharon con asombro el informe. “¿Cómo?”, preguntó Lieberman el jefe de seguridad del territorio israelí en México.

–Él no era blanco militar. Nunca lo fue–subrayó desencajado, con la hiel arañando su garganta.

El militar, enfundado en un traje azul marino y corte de pelo a la raíz deslizó, como si repartiera cartas, los sobres con el informe de la explosión que había masacrado al tampiqueño. Casi un centenar de fotos –incluyendo las tomadas por el reportero gráfico de El Universal–, y un largo informe de las actividades de Jack, a quien se le conocía en los sótanos del mundo diplomático como Isaac, desde su arribo a los grupos de acción del Mossad en Tampico, Tamaulipas.

El diplomático informó la inquietud de su gobierno. “El Primer Ministro ha llamado varias veces; quiere saber todo. Lo que hacía y lo que hizo Isaac. Ya habló con la familia de él y nuestra comunidad que viven en Tampico”. Les dijo en seguida, entre líneas, lo que ellos desde hacía años sabían: sin piedad para los culpables.

Por órdenes del Ministro de Defensa de Israel, fue asignado a las indagaciones del atentando a uno de los personajes de mayor confianza para esos menesteres: Friedman; un héroe de guerra contra los árabes, a quien se recordaba por sus feroces enfrentamientos con grupos combatientes de Septiembre Negro en París y Barcelona. Su mayor insignia, era una cicatriz que le cruzaba la piel del maxilar derecho dejada por un fragmento de bala expulsada por una Beretta en aquel verano de 1972 en la masacre de atletas judíos en la Villa Olímpica de Múnich. Era un auténtico Katsa, como se les llamaba a los agentes de campo: experto en la pelea cuerpo a cuerpo y en combate urbano con armas largas y cortas. Conocía como pocos agentes, los campos y técnicas de entrenamiento antiterrorista de Estados Unidos, Inglaterra y Sudáfrica. Había estudiado idiomas en la Universidad de Cambridge.

Se le conocía como El Gran Silencio.

“La guerra nunca ha sido una broma”, explicaba cuando alguien lo cuestionaba su mutismo. De hecho, en su expediente del Mossad, las carpetas tenían en el lomo: Gran Silencio. Su celebridad, había comenzado cuando superó casi una semana los bestiales interrogatorios de agentes sirios en un barrio de Madrid.

–Soy inversionista. Trabajo para mí y para mi familia–fue todo lo que dijo, mientras se desangraba con un balazo en el vientre.

Sus diálogos, eran concisos, compactos. Ni una palabra de más, ni una palabra de menos.

Tres días después del la muerte de Jack, llegó Friedman a México.
Recibió todas las pesquisas sobre la muerte del empresario tamaulipeco.
–¿C4?
–Afirmativo Coronel. C4.
–¿Procedencia del explosivo?
–Estados Unidos, señor.
–¿Cantidad?
–Cuatrocientos gramos, señor.
–¿Su familia?
–El Primer Ministro, está en contacto con ella señor.
–¿Sospechosos?
–Los árabes, sus socios y su esposa.

Sobre la mente de El Gran Silencio, se dibujó una ruta de acontecimientos y de historias. Recordó a Jack y sus visitas frecuentes a España, Israel y Francia en donde se entrevistaba con altos funcionarios israelíes del gobierno y del aparato de seguridad del Estado. Le admiraba su pasión por la cultura mexicana, sobre todo su afición por la comida veracruzana y oaxaqueña. Con él, había conocido el mezcal y el mole en una colorida fonda de París, enclavada en el barrio latino.

Puso en su maletín las carpetas de cartón amarillo y salió a una calle fría y solitaria. Llovía casi imperceptiblemente. Luego conocería como mojapendejos, –palabra de Isaac–, ese tipo de lluvia. Las hojas de los árboles y los arbustos, centelleaban al golpe de la luz artificial; brilloso, iridiscente, parecía follaje de utilería.

Iba a buscar a un viejo conocido: Gutiérrez Barrios.

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