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CORONAVIRUS; Del “Quédate en casa” al ¡“Déjenos ya trabajar, tenemos hambre”!.


Por Mauricio Fernández Díaz
Este 19 de mayo del 2020 se cumplieron 80 días desde esa fatídica fecha en la que México entro a una etapa jamás vivida; la era de la pandemia del COVID 19.
El 28 de febrero empezamos a experimentar algo que solo en series y películas de terror habíamos podido visualizar; calles vacías, silenciosas, desérticas; países y ciudades cerradas a visitantes por el miedo a un enemigo extraño, desconocido invisible y mortal.
Caminos y carreteras parecían hasta hace unos días sacados de una escena de esa impactante serie de los muertos vivientes; solo podía observarse uno que otro auto o camión transitando en solitario rumbo a alguna de esas ciudades desérticas.
Vimos como edificios anteriormente bulliciosos, donde la concurrencia de miles de personas era cosa común y corriente se convirtieron en moles de concreto sin la presencia de vida humana que les diera razón de ser.
Cines, restaurantes, plazas públicas, playas, ríos, comercios, mercados, puertos y aeropuertos, escuelas de todos los niveles, industrias y fabricas cerraron sus puertas por indicaciones del gobierno siguiendo la recomendación de la organización mundial de la salud
Ser testigo de estos hechos históricos ha sido una experiencia única, de la cual dejamos constancia histórica a través de nuestras transmisiones, escritos y videos.
Vivirlo ha generado en la mayoría de nosotros una sensación muy parecida al irracional miedo que se le tiene a lo desconocido; deambular por las ciudades desiertas escuchando los sonidos del silencio generaba una sensación de temor diferente a todo lo que habíamos conocido inclusive en los peores tiempos de los colgados, descuartizados, matanzas, levantones y secuestros
Lo que al principio fue tomado como algo chusco, una situación de la cual se hacían memes, se vacilaba, se hacían bromas se convirtió en una pesadilla, en una película de horror en la cual todos éramos actores principales.
Veíamos lo que pasaba en otros países como si a nosotros nunca nos fuera a pasar, como meros espectadores de un mal del cual estábamos según nosotros muy lejos de padecer; hay que decirlo. las primeras semanas lo tomamos con mucha ligereza.
Con el paso de los días, la realidad nos fue reventando paulatinamente en el rostro. primero fueron los rumores, como siempre, de que habría “vacaciones” anticipadas tanto para los para alumnos como para maestros; la paralización del ciclo educativo fue en un principio motivo de alegría pues se pensó que serían unas semanas, un mes cuando mucho el que estarían fuera de las aulas para después volver a la normalidad, normalidad que hoy vemos muy lejos de hacerse realidad.
Después, fueron los burócratas quienes se tuvieron que retirar a sus domicilios bajo el lema de “Quédate en casa”. ellos también, como es comprensible, se alegraron de poder levantarse tarde, de estar con sus seres queridos con unas vacaciones pagadas. de igual manera, los comerciantes informales o ambulantes fueron exhortados a no salir de sus casas, de no vender, no comerciar, no intercambiar. el castigo, dijeron las autoridades sanitarias, sería el contagio por coronavirus y muy posiblemente, la muerte.
En esta etapa, los contagiados y muertos aun no eran cifras significativas, por lo que el pánico y la histeria todavía no entraban a formar parte de nuestras vidas
Miles de millones de palabras se volcaron en las paginas electrónicas, en los periódicos escritos, en los blogs de los llamados influencers para dar cuenta de cómo el coronavirus, posteriormente llamados COVID 19 causaba estragos, muerte y desolación en países lejanos como china, España, Egipto.
Posteriormente, lo inimaginable sucedió al lado de nuestra casa; en un abrir y cerrar de ojos nuestro vecino, la potencia mundial llamada estados unidos lideraba ya la cifra de contagiados y muertos por la pandemia.
Fue cuando empezamos a sentir que el miedo corroía nuestras entrañas y el pánico a enfermarnos, a morir, se hizo real, concreto.
Hoy, 19 de mayo del 2020, el saldo de la pandemia a nivel mundial es sencillamente escalofriante. 4 millones 800 mil casos y más de 321 mil muertos nos hablan de que el asesino silencioso no descansa, no se aleja, no tiene intenciones, para nuestra desgracia, de irse en corto tiempo.
Las adversidades no vienen solas, y la paralización de la economía mundial ya empieza a reflejarse en una brutal caída del empleo, del ingreso, del gasto en todos los ámbitos.
Como siempre, en toda crisis los más afectados son los que viven al día, los obreros. los jornaleros, los vendedores ambulantes, los micro, pequeños y medianos empresarios y sobre todo, aquellos que sobreviven al límite o de plano ya en la pobreza extrema.
El banco mundial calcula que a la ya aterradora cifra de 736 millones de seres humanos que viven en pobreza extrema, se sumarian 60 millones de no tomarse medidas extraordinarias para paliar esta situación, en tanto en México el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) anunció que la caída de la economía se traduciría en un aterrador panorama.
A los 6 millones de mexicanos que viven en esta condición de pobreza extrema se sumarian 4 millones más para pasar de 6 a 10 millones
O sea, México daría un brinco hacia atrás al sumar 10 millones de mexicanos sin ingresos suficientes para poder adquirir una canasta alimentaria, es decir, sin posibilidades económicas para comer.
Es por eso por lo que hoy, una gran parte de quienes viven al día, parados en esa delgada e invisible raya que delimita la pobreza de la miseria, así como los pequeños, medianos y grandes empresarios han lanzado un grito de guerra que día a día se va extendiendo por todo el territorio nacional: ¡No más confinamiento, si a la reapertura de comercios, empresas, negocios!!
La reactivación de la economía es ahora el problema para resolver.
A la gente ya no le importa tanto enfermarse porque los cabezas de familia enfrentan un dilema existencia; si se quedan en casa pueden no enfermarse de COVID, pero estarán ellos y sus hijos expuestos a otras enfermedades mortales propias de la pobreza tales como la tuberculosis, y sobre todo la desnutrición causada por la falta de alimentos.
Hoy, nuestros hermanos están sufriendo ya de malnutrición que repercute en las actuales generaciones y las venideras, hambre que acompaña todo tipo de enfermedades porque el cuerpo carente de posibilidades tiene deficiencias inmunológicas que lo hacen víctima de todo tipo de padecimientos. sus escasos medios económicos le niegan la probabilidad de remediar las enfermedades con los medicamentos y le auguran una corta existencia.
Y ante la falta de solidaridad de un estado, de un gobierno que pide quedarse en casa, que cierra negocios y multa a quienes se atreven a buscar la forma de llevar unos pesos a su casa para poder sobrevivir, pero que no proporciona apoyos para evitar el sufrimiento que propicia el hambre, los tamaulipecos han decidido enfrentar a la autoridad, negarse a acatar su exhorto de no salir, dar la cara al virus porque, aseguran, es más fácil ya morirse de hambre que de COVID, y mucho más doloroso.
Por esto, hoy es tiempo de solidarizarnos como sociedad y apoyar al tendero, al abarrotero, al pequeño comerciante; al hombre y la mujer que venden sus productos en la vía publica, en los mercados municipales, a los comerciantes informales, a todos aquellos a quienes les ha sido negada desde hace más de dos meses la forma de llevar el sustento a su familia.
No piden dinero, solo que los dejen trabajar, un derecho humano justo y hoy más que nunca, irrenunciable
Como mexicanos, somos fuertes, hemos superado problemas de todo tipo y esta no será la excepción. vamos, todos juntos, de manera responsable y con las medidas sanitarias adecuadas a empujar la economía, el empleo; que empiece a fluir el dinero para, de esa forma, evitar caer en una crisis peor que la pandemia; no permitamos que llegue a nuestras puertas el fantasma de la hambruna que hoy ya nos amenaza a todos.

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