PolíticaPrincipal

Las designaciones de Cabeza de Vaca siempre terminan en fracaso Por: Mauricio Fernández Díaz

Ciudad Victoria G.- Es mentira que el país haya superado la vieja costumbre del ‘dedazo’ y la designación unipersonal de candidatos. La decadencia del PRI se debe, precisamente, a este tipo de decisiones verticales y autoritarias. Pero en el PAN recurren a menudo a esta modalidad, por más que presuman de demócratas. Y Francisco García Cabeza de Vaca está a punto de enseñarnos quién será el favorecido para la elección de 2022, aunque esto desagrade a los panistas.

Los militantes tienen buenas razones para temer esta fase del proceso electoral; saben que los consentidos de Cabeza de Vaca siempre terminan derrotados en las urnas.

En realidad, quienes vieron en Cabeza de Vaca a un reformista o un político de ideas por allá de 2004, en sus inicios, se equivocaron. Francisco es un ‘grillo’, un tipo habilidoso para moverse y crecer en el poder público, para escalar cargos. Una vez arriba, se aburre de los deberes y los desatiende, pero aprovecha el momento para hacer ‘amarres’ y mantenerse vigente.

Un político así lo último que piensa es en consensos, en asambleas democráticas o en participación abierta. Por eso nunca hallaron oportunidad panistas de carrera ni lograron crecer otras figuras del partido en los gobiernos de Cabeza de Vaca. Esta especie de ‘Ley de hielo’ llegó al extremo de vetar a tamaulipecos para importar a gente de otros estados.

El gobernador tiene en sus manos todos los hilos necesarios para dar ese paso, los del Comité Ejecutivo Nacional y los del Comité Directivo Estatal. Una indigna obediencia ha mostrado siempre la presidencia nacional del PAN a Cabeza de Vaca; con Ricardo Anaya todo lo tenía servido, y con Marko Cortés, hasta la grotesca idea de llamarlo presidenciable. Esos son ‘amarres’ de verdad, y por eso se prepara a decidir al candidato a sucederlo.

Pero la experiencia en Reynosa, la primera vez que lo hizo, fue desastrosa.

En 2007, Cabeza de Vaca impuso como candidato del PAN de aquella alcaldía a un desconocido Gerardo Peña Flores, quien trabajó con él como secretario del Ayuntamiento. Se trataba de un regiomontano muy pagado de sí mismo y desdeñoso de sus correligionarios. Esto provocó una fractura entre la militancia y la estrategia de “vacío” a su candidatura. Lejos de rectificar, el ego de Francisco se endureció más y apoyó con todas sus fuerzas la campaña del nuevoleonés.

Fue un choque de orgullos, el de Cabeza de Vaca, ufano de salirse con la suya, y el de los reynosenses, ofendidos por la posibilidad de gobernarlos un regiomontano. Podemos decir aquí, sin temor a equivocarnos, que ganó la gente: Óscar Luebbert, del PRI, venció con el 45.58 por ciento de los votos. Gerardo Peña se quedó con el 40.97 por ciento.

Contra el sentir de los panistas (y contra el sentido común), Cabeza de Vaca volvió imponer a Peña Flores como candidato en 2009, en esa ocasión para diputado federal del distrito II. De nuevo hubo división y revuelta entre militantes. De nuevo, terquedad en Francisco de apoyar a su favorito. Y de nuevo, el resultado que siempre da Gerardo: derrota; caía ante Everardo Villarreal Salinas, también del PRI.

Algo debería haber aprendido de estos tropiezos el gobernador de Tamaulipas para no cometer los mismos errores. Sin embargo, de forma increíble, reincidió en estos caprichos en 2018.

Eran las elecciones concurrentes con la presidencial, y Francisco colocó a su hermano Ismael como candidato a senador. ¿Qué podía salir mal si él era ya gobernador de Tamaulipas? Quería a dos Cabeza de Vaca en el poder, uno en el estado y otro en la Cámara Alta. Esta vez, a los errores de siempre sumó el integrar a un contingente de chilangos a la campaña, completamente ignorantes de la situación estatal. El más destacado era Álvaro Niño Espinosa, charlatán que se autonombra operador político y con señalamientos de corrupción en Chimalhuacán, Estado de México. La coordinación la delegó en Gerardo Peña y, con el despliegue del aparato estatal, el círculo quedó cerrado.

La imposición de Ismael García Cabeza de Vaca terminó como todas las anteriores: en fiasco. ¡Perdía el hermano del gobernador a pesar de toda la movilización! Se atribuyó al efecto López Obrador, a la ola morenista, a todo menos a errores propios. El resultado fue competido pero claro: ganaba Américo Villarreal Anaya con 610,306 votos. El pariente terminó con 605,418 sufragios. Quizás por una duda de último minuto, Francisco exigió que lo registraran también como candidato plurinominal. Gracias a esto llegó al Senado, pues de otro lo habrían enviado a su casa.

Ismael ha sido siempre el proyecto de Francisco para sucederlo en la gubernatura. Los panistas tamaulipecos tienen otra opinión, pero eso no le importa. Se ha mostrado así, desdeñoso y déspota, desde que impuso a Gerardo Peña como candidato en 2007.

Si ya sufrieron bastante los panistas con Francisco, ¿se imaginan lo que sintieron ante la posibilidad de tener a Ismael como candidato estatal en 2022?

Ojalá que fuera solo una cuestión de inconformidades y quejas; al final, se subsanan con acuerdos o puestos. El problema es que siempre hay inestabilidad y violencia en las campañas en que Cabeza de Vaca participa directa o indirectamente. Eso, en última instancia, resulta preocupante para panistas y no panistas.

Notas relacionadas

Botón volver arriba