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El PRI que camina en los estados… y el que se pudre en la cúpula

Crónicas del Sur | José Juan Tomas

Mientras en Tamaulipas se anuncian giras, reuniones con la militancia y llamados a la unidad, el verdadero problema del PRI no está en los comités municipales ni en la base territorial: está en la dirigencia nacional que Alejandro “Alito” Moreno se empeña en secuestrar.

No importa cuántas giras realicen los dirigentes estatales ni cuántos discursos se pronuncien sobre “fortalecer al partido”.

Todo esfuerzo local termina chocando contra el mismo muro: un presidente nacional desgastado, cuestionado y más preocupado por su supervivencia política que por rescatar al tricolor del naufragio.

Alejandro Moreno ha convertido al PRI en un proyecto personal.

Ha ignorado derrotas históricas, ha cerrado los oídos a la militancia y ha optado por blindarse con estatutos a modo, pactos opacos y una narrativa de resistencia que ya nadie compra. Bajo su mando, el partido no se reorganiza: se encoge. No se renueva: se oxida.

En estados como Tamaulipas todavía hay priistas que caminan, que dan la cara y que intentan reconstruir lo que quedó después de las elecciones.

Sin embargo, ese esfuerzo se vuelve cuesta arriba cuando la marca nacional está asociada a escándalos, soberbia y una dirigencia que perdió autoridad moral y política.

El discurso de “escuchar a las bases” suena hueco mientras Alito siga sordo a la exigencia más clara de la militancia: hacerse a un lado. La unidad no se decreta desde el micrófono; se construye con credibilidad, algo que hoy no existe en la cúpula priista.

Si el PRI quiere sobrevivir —no ganar, simplemente sobrevivir— necesita algo más que giras y fotografías.

Necesita cortar el lastre que lo hunde. De lo contrario, seguirá siendo un partido que se mueve en los estados, pero que está paralizado en la cabeza.

Y un partido sin cabeza, tarde o temprano, termina cayendo por su propio peso.

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