
Fuentes fidedignas. Por Isaías Alvarez
Lo que hizo Claudia Sheinbaum al frenar a legisladores que buscaban la foto no fue un desplante, fue un mensaje interno de poder. Un límite, un “hasta aquí”.
Durante años, la foto con el presidente o presidenta ha sido utilizada como certificado de cercanía, como si la cámara otorgara legitimidad automática. Se volvió la forma más barata de simular influencia: no tienes resultados, pero tienes imagen; no presentas trabajo, pero tienes encuadre.
La fotografía pasó de ser recuerdo institucional a convertirse en instrumento de simulación política. Y eso, al parecer, ya no lo va a permitir.
Porque la imagen presidencial es capital político. Y si se presta sin filtro, termina blindando a perfiles que no han demostrado nada, arrastrando a la presidencia a cargar con ineficiencias locales que no le pertenecen.
Ese -desde la óptica de su servidor- es el fondo del regaño: “No me usen de aval si no pueden mostrar resultados.” El problema no es la selfie, es la sustitución del trabajo por la foto.
Y ese mensaje no se queda en Baja California, es nacional. Es para toda la clase política que ha creído que subir una imagen con la presidenta a sus redes sociales equivale a tener peso propio. Porque no es lo mismo cercanía que rendimiento.
Ahí es donde el espejo llega a Tamaulipas.
Si el parámetro es el trabajo legislativo real, la pregunta es sencilla: ¿Qué resultados concretos pueden demostrar?
Aquí tenemos a Olga Juliana Elizondo, con varios periodos en el Congreso y un perfil legislativo prácticamente invisible en la conversación pública. No polémicas de fondo, no agendas lideradas, mucho menos debates encabezados. No existe presencia administrativa, ni política.
Está también la diputada federal Claudia Hernández, cuya estrategia ha sido más de llevársela de invitada en eventos de sus amigos los Makitos, que de construcción de trabajo legislativo sólido. Mucha imagen, poco expediente. Mucho reflector, poca o nula iniciativa que marque agenda. Ah pero pero con toda la cuerda para buscar la alcaldía.
Y el caso más ilustrativo de todos: Maki Ortiz, hoy senadora plurinominal del Verde, que en bastantitas ocasiones ha buscado colocarse cerca de la presidenta para proyectar fuerza política. Pero cuando se le cuestiona por resultados legislativos concretos, las respuestas se diluyen en evasivas. Mucho posicionamiento personal, poca sustancia parlamentaria. No tiene ni una iniciativa propia aprobada.
Ese es el punto neurálgico.
Cuando un perfil sin resultados visibles publica la foto con la presidenta, el mensaje que intenta mandar es: “Estoy respaldada”.
Pero el efecto real es otro: parece que la presidenta está avalando la falta de resultados y eso es políticamente riesgoso para ella.
Por eso el gesto fue tan claro. No fue enojo, fue administración de poder simbólico. La política de la imagen fácil se está topando con una pared: la imagen ya no sustituye al trabajo.
Parece que se acabó la época en la que la cercanía se demostraba por quién salía al lado de quién en una foto. Ahora la pregunta es más incómoda y más seria: ¿qué hiciste con el cargo que te dieron?
Porque si la respuesta no existe, ninguna selfie alcanza. Y a partir de ahora, más de uno va a pensarlo dos veces antes de buscar la foto… no por miedo al regaño, sino por miedo a la pregunta que viene después.



