El eterno llanto por la COMAPA

Fuentes fidedignas. Por Isaias Alvarez
Hay políticos que creen que gobernar es pararse frente a una cámara, fruncir el ceño, victimizarse un rato y repetir la escena hasta que alguien, por cansancio o cálculo, les conceda lo que están pidiendo. Miguel Almaraz ha decidido instalarse en ese guion, uno que no es nuevo, pero que sí resulta cada vez más burdo conforme se repite. Su cruzada por la COMAPA no nace de un diagnóstico técnico ni de una preocupación legítima por el servicio del agua; nace de una urgencia política que no se atreve a decir su nombre. Porque la COMAPA, aunque en el papel aparezca en números rojos, en la práctica sigue siendo una caja con flujo constante, una válvula de recursos que, bien o mal administrada, alimenta estructuras, sostiene operaciones y, en tiempos electorales, oxigena campañas. Y eso, más que cualquier discurso, es lo que explica la intensidad de su insistencia, la lloradera que trae en sus redes sociales y pseudo medios paleros.
Lo preocupante no es que quiera el control, sino la absoluta ausencia de un proyecto para justificarlo. En toda su narrativa —videos, declaraciones, reclamos— no aparece una sola línea que hable de cómo piensa rescatar la infraestructura hidráulica, reducir pérdidas, sanear finanzas o mejorar la calidad del servicio. No hay plan, no hay ruta, no hay números, solo hay llanto. Y cuando el ruido sustituye a la propuesta, normalmente estamos frente a alguien que no quiere resolver un problema, sino administrar sus beneficios. Porque es más fácil gritar “entréguenmela” que explicar cómo se va a reparar una red colapsada o cómo se va a enfrentar un déficit estructural sin convertirlo en botín.
Y mientras tanto, la realidad le pasa factura en su propia casa. Antes de aspirar a manejar un organismo con miles de usuarios y una operación compleja, tendría que demostrar que puede sostener en orden su propia administración. Pero ahí están los conflictos laborales, los despidos injustificados, los trabajadores inconformes y los señalamientos de pagos a la mitad. Hay empleados que no reciben su salario íntegro, pero el alcalde quiere ampliar su margen de control sobre una estructura todavía más grande. Es una contradicción que no requiere mayor análisis: quien no puede garantizar estabilidad en su propio equipo difícilmente podrá ofrecer certidumbre a toda una ciudad.
El dato de los cinco millones de pesos que el municipio adeuda a la COMAPA no es menor, es revelador, porque ahí se rompe cualquier narrativa de agravio. No se trata de que le estén negando algo injustamente, se trata de que hay condiciones mínimas que no se han cumplido. Y aun así, en lugar de enfocar esfuerzos en saldar esa deuda, se opta por el camino más cómodo: abogados, presión mediática, construcción de victimismo y el respaldo de plataformas que más que informar, operan como coros de aprobación.
Pero si hay una imagen que resume todo esto, es la de la duela del parque las liebres. No por anecdótica, sino por simbólica. Se destruyó por capricho, se prometió reconstruir con grandilocuencia y el resultado quedó lejos de lo anunciado. Esa secuencia —improvisar, prometer, fallar— no es un accidente, es un patrón. Y los patrones, cuando no se corrigen, terminan escalando. Hoy es una cancha, mañana podría ser un organismo entero. Por eso la discusión de fondo no es quién controla la COMAPA, sino con qué capacidad se pretende hacerlo.
El problema no es que la COMAPA sea municipal o estatal, ahí está de ejemplo la de Reynosa. Allá no sale agua verde ni café, allá de plano no sale nada muchas colonias, pero eso sí, los cobros exactos cada mes por los cielos y la COMAPA es municipal. Si Almaraz tanto quiere controlar las aguas de Rio Bravo, debería empezar por pagar los 5 millones de pesos que el municipio adeuda al organismo operador del vital liquido; tal vez no tendría que llorar cada mes en redes sociales si no fuera tan agarrado con dinero que ni es de él.



