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La crítica ciudadana

Fuentes fidedignas. Por Isaías Álvarez

Hay alcaldes que gobiernan con el oído pegado a la tierra y hay otros que gobiernan con el ego pegado al pecho. En Matamoros, las ultimas decisiones de Beto Granados no fueron berrinche ni teatro, fue un mensaje. Mensaje hacia adentro y hacia afuera; hacia su gabinete y hacia los grupos que creían que la inercia manda más que la voluntad política. Pero, sobre todo, hacia la ciudadanía que buscaba cambios.

Cuando un alcalde deja claro que no va a pagar facturas ajenas ni cargar con herencias incómodas, está haciendo algo más que mover piezas: está marcando territorio. Los cambios en la dirección de Tránsito, Protección Civil y otros departamentos, no fueron capricho, fueron una respuesta a la ciudadanía. “Limpiar la casa” cuando la casa empieza a oler mal es casi obligado.

El dato de los mil doscientos comerciantes regularizados no es menor. Detrás de ese número hay algo más profundo: romper con los cuellos de botella, cortar intermediarios, desmontar pequeños feudos que durante años vivieron del miedo y la extorsión silenciosa. Eso no se logra con discursos; se logra con decisión y escuchando la critica de la gente.

Ahora bien, no todos reaccionan igual ante la crítica.

Hay gobernantes que confunden aplauso con legitimidad eterna. Se molestan cuando la misma ciudadanía que los llevó al cargo les señala errores. Se indignan cuando la gente cuestiona decisiones, como si gobernar fuera un premio personal y no una responsabilidad pública.

Un claro ejemplo es Río Bravo, donde el contraste es evidente. Su alcalde, Miguel Ángel Almaraz Maldonado, ha optado por otra ruta: hacer lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Ahí está el ejemplo de la famosa feria instalada en un parque público, cuyas instalaciones todavía resienten los daños. Se decidió, se ejecutó y la ciudadanía que cuestionó, recibió silencio o embate. Incluso amenaza con instalar nuevamente este año la feria en el mismo lugar.

Porque cuando el poder no escucha, arma escudos digitales. Un ejército de cuentas falsas listo para atacar a cualquiera que sugiera cambios. Resultado: vecinos que prefieren callar antes que ser blanco de insultos coordinados. Y cuando la gente deja de hablar, el gobierno deja de mejorar.

La crítica ciudadana no es enemiga del poder; es su brújula. El que la entiende crece, el que la bloquea, está destinado al fracaso.

Beto Granados, joven cuadro político, parece haber entendido que su capital no está en el aplauso automático sino en la capacidad de corregir a tiempo. Blindar su futuro no es gritar más fuerte, es escuchar mejor. Gobernar una ciudad compleja exige mano firme, pero también oído fino.

Al final, la diferencia se va a notar. Cuando termine el periodo, no quedarán los bots, ni los discursos inflamados, ni las excusas. Quedarán las decisiones y se sabrá quién gobernó con soberbia y quién gobernó escuchando al pueblo. No le tengan miedo a la crítica constructiva y a los señalamientos, muchas veces la propia gente es mejor asesor que los pagados por el ayuntamiento.

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