Madurez política

Fuentes fidedignas. Por Isaias Alvarez
Como propósito de año nuevo me impuse leer más, volver a los libros que incomodan y enseñan. Entre ellos, El Príncipe, que llegó a mis manos como regalo de un gran maestro, de esos que no sólo comparten lecturas, sino criterio. Coincidió esa relectura con el nombramiento de Miguel Torruco Garza, un joven de la 4T que está avanzando dentro del gabinete de Claudia Sheinbaum. Pensé entonces que Maquiavelo no habría puesto atención en la edad del nombrado, sino en el gesto: crecer sin romper y avanzar sin patear la mesa.
Torruco no llega por ocurrencia ni por moda generacional. Asume la Subsecretaría de Prevención de las Violencias dentro de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, bajo la conducción del secretario Omar García Harfuch. En su propio mensaje hay una clave que vale la pena subrayar: la prevención comienza mucho antes de la violencia. Ahí no hay improvisación, hay una comprensión profunda de que el problema no se atiende sólo con reacción, sino con política pública.
Su trayectoria muestra formación y método. Ha transitado por espacios legislativos y administrativos, con énfasis en juventudes, deporte, cohesión social y participación comunitaria. No es casual que hoy se hable de educación, cultura, civismo y ética pública como herramientas reales de transformación. Esa visión, más silenciosa que estridente, suele ser la que resiste mejor el paso del tiempo.
La juventud —enfermedad que el tiempo suele curar— suele llegar con fiebre de prisa. Quiere cambiarlo todo antes de comprender algo. Cree que mandar es desplazar y que renovar es borrar. Pero la política, como la vida pública, no se sostiene con impulsos, sino con templanza. La madurez comienza cuando se entiende que no todo lo nuevo es mejor y que no todo lo viejo estorba.
Respetar a quienes estaban no es un gesto retórico: es una forma de inteligencia. Si los jóvenes son el presente y el futuro, los mayores son la memoria que evita repetir errores. Escuchar a quienes ya caminaron no frena el avance; lo vuelve firme. Sólo quien reconoce el valor de la experiencia puede aspirar a decisiones duraderas. Lo demás es entusiasmo sin dirección.
Hay imágenes que explican más que los discursos. Basta recordar aquella fotografía en la que Andrés Manuel López Obrador avanza entre la multitud, con Claudia Sheinbaum unos pasos detrás y, detrás de ella, atento y sin protagonismos, Miguel Torruco. No al frente, no empujando, ni buscando reflector. Acompañando, observando y aprendiendo. Esa es una lección silenciosa de madurez política.
Llevada esta reflexión a Tamaulipas, la exigencia es la misma. Ojalá haya más Torrucos: jóvenes con formación, que no se mareen, a quienes no se les mueva el piso cuando el reflector se enciende. Que entiendan que la política no es una irrupción, sino un proceso; no un golpe de efecto, sino un ejercicio de respeto, disciplina y responsabilidad. Aquí, como en cualquier lugar, se necesita carácter para crecer sin romper y serenidad para avanzar sin perder el rumbo.
Por eso, al cerrar estas líneas, saludo con respeto a los lectores y agradezco los consejos que, desde la experiencia y la sabiduría, han acompañado este camino. Porque en política sólo avanza quien sabe escuchar antes de hablar, aprender antes de mandar y ejercer la madurez no como discurso, sino como conducta.



