Cuando el poder habla del periodismo, habla de sí mismo

Fuentes fidedignas. Por Isaías Álvarez
El Día del Periodista suele ser una fecha cómoda para el poder: discursos amables, elogios previsibles y fotografías de ocasión. Pero no siempre. Hay momentos en que la conmemoración deja de ser trámite y se convierte en señal. Eso ocurrió en Tamaulipas al iniciar este 2026.
Lo que se dijo no fue menor, tampoco fue casual. En un país donde el periodismo ha sido históricamente tolerado, perseguido o utilizado según la conveniencia del régimen en turno, escuchar a un gobernador reivindicar la firma, la responsabilidad y la verdad como ejes del oficio no es un gesto retórico: es una definición política.
Hablar de Manuel Caballero no fue un guiño académico; fue una forma elegante de recordar que el periodismo, cuando es auténtico, nunca ha sido neutral. Ha sido crítico, incómodo y formador de conciencia. Y que justamente por eso, a lo largo de la historia, ha sido combatido desde el poder cuando el poder pierde legitimidad.
El mensaje fue claro: hoy las amenazas al periodismo ya no vienen solo de la censura directa. Vienen del ruido, del anonimato, de la falsificación de la realidad, de la facilidad con la que se construyen narrativas sin rostro ni responsabilidad. En ese punto, el gobernador fue particularmente enfático: una información sin firma no es periodismo, es sospecha. No puede generar diálogo, no puede orientar decisiones públicas y no puede asumirse como verdad cuando nadie se hace cargo de lo que afirma.
La metáfora fue precisa: el periodismo es cirugía. Exige exactitud, ética y, sobre todo, un responsable visible. Un bisturí sin cirujano no cura, hiere. De ahí la advertencia implícita de que el anonimato permanente no es valentía, es refugio. Y en demasiadas ocasiones, esconde intereses, intrigas o perversidades que nada tienen que ver con el derecho a informar.
No se trata de descalificar la crítica, sino de dignificarla. La crítica que se firma, que se investiga y que se sostiene con argumentos tiene peso público; la que se esconde detrás de perfiles falsos, difícilmente puede aspirar a influir en la brújula de un gobierno democrático. En tiempos de redes sociales, esta distinción es la frontera entre información y manipulación.
Hubo también una línea que no se cruzó con nombres, pero que todos entendieron. Cuando se habla de persecución, de silencios forzados, de zonas donde preguntar costaba demasiado, no se está haciendo memoria por nostalgia; se está marcando una frontera. Y esa frontera tiene fecha, aunque no se pronuncie.
El contraste no fue estridente, pero sí contundente: hoy el periodista pregunta, publica y critica sin miedo. No porque sea cómodo, sino porque es posible. Y eso no ocurre por generación espontánea. Ocurre cuando hay una voluntad política que entiende que la crítica no debilita al gobierno, sino que lo corrige.
La intervención del coordinador de Comunicación Social añadió algo que pocas veces se escucha desde una tribuna oficial: testimonio. No habló solo como funcionario, habló como periodista que sabe lo que significa ejercer el oficio cuando el poder confunde autoridad con intimidación. Esa voz —la del que estuvo antes y está ahora— convirtió el acto en una afirmación de principios.
Aquí hay una idea central que conviene subrayar: una prensa libre no es adversaria del gobierno. Es aliada de la verdad, de la rendición de cuentas y de las mejores decisiones públicas. Cuando esa lógica se asume, la relación deja de ser sospecha permanente y se convierte en interlocución institucional.
En tiempos donde la inteligencia artificial promete información sin memoria, datos sin contexto y opiniones sin responsabilidad, el mensaje resulta pertinente: el periodismo no es solo transmisión de hechos; es construcción de realidad con ética, pensamiento y compromiso humano. Eso no se automatiza.
Este encuentro no fue solo una ceremonia, fue una declaración de época. Una forma de decir que la democracia no se decreta, se practica; y que el periodismo, cuando puede ejercer su oficio con dignidad, no solo informa: también equilibra, incomoda y proyecta futuro.
Porque donde hay periodistas con nombre y apellido, hay contrapesos.
Y donde hay contrapesos, todavía hay esperanza.



