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Un infierno llamado Tapachula

Si bien el itinerario de los migrantes siempre es accidentado, en el caso de la avalancha de haitianos en el sur de Chiapas llegó a su límite. Llevan semanas resistiendo la intimidación de las autoridades migratorias, los embates de la Guardia Nacional y el rechazo de los lugareños. Arrancados de su territorio por la violencia y los fenómenos naturales, ellos y sus compañeros de ruta de otros países de la región –e incluso de África– luchan por su sobrevivencia. Están solos y hoy viven en un infierno llamado Tapachula.

TAPACHULA, CHIS. (Proceso).– Hacinados en cuartuchos o vecindarios por los que pagan sumas estratosféricas, estigmatizados por su condición de inmigrantes y presas de la incertidumbre, entre 40 mil y 50 mil haitianos, centroamericanos, sudamericanos y otros procedentes de países africanos deambulan por las calles de esta ciudad fronteriza.

Sumados a los 353 mil tapachultecos, estos inmigrantes sobreviven en la precariedad. Muchos están a punto de colapsar, cansados de esperar. Los agobian la discriminación y xenofobia de las autoridades, pero sobre todo el rechazo de la población local.

Los haitianos –mayoría en esta ocasión– recurren a todo para hacer más llevaderos sus días inciertos. Muchos venden comida, aguas frescas y refrescos embotellados, que trasladan en carretillas; otros ofrecen sus servicios en plena vía pública, como coser y reparar ropa; las mujeres tejen rastas y ponen extensiones de pelo a quien se los solicite o bien manicure o pedicure, algunos muestran sus habilidades como peluqueros.

También hay quienes venden frascos de aderezos haitianos, unos se ponen sus casacas y acuden a las telefónicas mexicanas donde cambian chips a los celulares. Esas escenas se observan en todas las calles donde aparecen los inmigrantes.

Pocos son los haitianos que han sido contratados en el servicio de limpia municipal y ahora barren las calles. Lo hacen cabizbajos, en silencio. Están por todos lados. Nunca antes los tapachultecos habían visto una avalancha de tales dimensiones en el centro de esta ciudad fronteriza. Muchos desesperan porque las autoridades tardan en resolver su estatus migratorio.

La odisea

Jean Pierre Dupré, quien viajó de su natal Haití a Venezuela y lleva meses caminando hacia Estados Unidos, dice que estar en Tapachula es lo peor que le ha pasado; en ningún otro país de su accidentado itinerario ha sufrido tantas restricciones y agresiones, asegura.

Duerme hacinado en un cuarto, al lado de ocho de sus connacionales. Algunos, dice, llevan incluso un año esperando salir de Tapachula. Esa situación los estresa y los torna violentos, de ahí las peleas frecuentes en las calles y en los parques.

En las oficinas del Instituto Nacional de Migración (INM), en las de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) y las del Alto Comisionado de las Naciones Unidas de Ayuda a Refugiados se observan todos los días largas filas –se inician desde el amanecer– de inmigrantes que esperan ser atendidos.

Las calles aledañas se han convertido en un caos. Hacen falta baños públicos, contenedores de basura; la infraestructura resulta insuficiente para esta creciente población flotante que quiere salir de la ciudad y no puede.

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