Columnas

El otro gallo | Amor propio

JULIA MERAZ

Cuando tenía 6 años gustaba de subirme sobre unos ladrillos que colocaba a manera de escalón cerca de la barda del viejo edificio donde vivía e impulsándome lograba llegar a lo alto de la barda y sacar mis pequeños brazos por encima del filo de ésta… Me recuerdo agitando mis manos tratando de asir un trozo de cielo sintiendo en ese espacio, para otros vacío, las nubes.

Me recuerdo mirar mil veces hacia un solar baldío donde para mí terminaba el mundo, maravillándome por cada descubrimiento que mis ojos hacían y por lo cual excretaban pequeñas gotas de lluvia que almaceba en mi alma.

Y heme de nuevo aquí que yaciendo en mi cama abro mis ojos ante la sutil y fría brisa que se ha colado por la ventana para traviesamente despertarme.

La música ha sucumbido ante el alba y un leve movimiento de las hojas de una pequeña y oportunista planta que se encuentra en una de las esquinas de la pared de un viejo edificio, me confirma que no duermo, entonces me atrevo a asomarme por la ventana, logro sacar la cabeza y colocando como pilares mis codos en el filo, me dedico a observar…

El cielo rojizo me rodea en un abrazo total y extrañamente acogedor. La paz se apodera de mí, hay ausencia total de ruido. El éxtasis es infinito.

A lo lejos los ladridos de unos perros osan irrumpir la tranquilidad del ambiente.

De pronto me quedo extasiada por unos minutos sintiendo la leve caricia del viento que roza mi alma y mi pensamiento, sucumbo ante esta belleza intangible de sensaciones y me elevo una vez más por encima de mis miserias humanas y de mi soledad.

Y es aquí que siento deseos de llorar. Al principio ignoro la causa, pero un extraño sentimiento me da la explicación. Me pregunto si esto será lo mismo que renacer.

Comprendo de súbito que he estado muerta por mucho tiempo pero al fin hoy, un día común, he renacido.

La majestuosidad del paisaje, que ante la mirada de muchos podría parecer vulgar y deprimente pues vivo en el segundo piso de un edificio viejo cuya ventana de la alcoba da al traspatio de una cantina y frente solo contempla la pared de un edificio abandonado, para mí es un campo abierto con posibilidades infinitas.

Y así, lejos de centrar mi mirada y pensamiento en lo que me rodea practico lo que aprendí de niña, centro mi vista en el marco que rodea el escenario y como por arte de magia aprecio el rojo del cielo que poco a poco se va matizando dejando pasar la luz del señor sol aclarándolo todo y respiro profundamente, y al hacerlo siento la vida recorrer mis venas y no puedo dejar de llorar más no de dolor sino de felicidad por tener la dicha de sentir el amanecer dentro de mí y poder respirar la paz que tan sólo por unos breves instantes es eterna, justo antes de que la ciudad despierte y vuelva a contaminar la escena.

Tuvieron que pasar muchas noches en vela donde ideas erradas de lo que era la felicidad y el amor tomaban miles de formas desde personas hasta objetos, para que yo pudiera sentir lo que ahora siento: la libertad total, donde el apego ya no tiene cabida, donde el llanto y la alegría se han fusionado en una escala única diferenciándose solo por grados, donde creo en todo y en nada, donde sé que existe el amor y lo respeto tal como él me respeta a mí, donde ya no espero llenar un vacío pues éste nunca existió ya que siempre estuve llena de mí.

Agito mis manos una vez más y vuelvo a sentir la nubes entre ellas y sonrío al ver las gotas de lluvia ser excretadas una vez más por mis ojos como cuando pequeña permitiéndome limpiar mi mirada y redescubrir el mundo.

Escucho el ruido de los motores de los coches y el sutil aroma del Prana que el viento trajo consigo, ahora compite con el olor del café recién hecho de los vecino.

La ciudad ha despertado, al igual que yo y mi amor propio.

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