Columnas

Quitar el Nacimiento

CARMEN AMIGOT

Pasadas las fiestas navideñas, Año Nuevo y Noche de Reyes, llega el momento de desmontar toda la escenografía de la temporada más hermosa del año.

A veces dejamos pasar más el tiempo porque nos acostumbramos a la media luz, al aroma, al ambiente placentero y familiar que envuelve nuestro hogar durante seis semanas intensas. Yo me resisto a quitarlo y lo hago después del día de los Reyes Magos y de la comilona de rosca con chocolate. ¡¡¡Benditas nuestras costumbres!!!

Quitar el Nacimiento es una tarea doméstica con un sabor íntimo y especial. La razón estriba en el revoltijo de emociones que nos brotan mientras lo hacemos; no es tan sólo la experiencia religiosa que revivimos sino, sobre todo, es la nostalgia del tiempo pasado, la añoranza de una niñez cada vez más lejana y perdida para siempre. Sentimos la cada vez mayor brevedad del futuro ¡Van tantos años envueltos en las inertes figuritas!

Al final las colocamos con suma delicadeza, envueltas en papel de burbujas en la misma caja de siempre. Después, cuando todo está ordenado y listo, cuando el lugar en donde montamos tan peculiar escenografía queda limpio, trasladamos el Nacimiento a un rincón de la bodega entre cachivaches y maletas. Y ahí lo dejamos. Al salir de ella, una última mirada a las cajas para cerciorarnos de que no falta ninguna, porque allí, entre la Virgen, San José, el Niño Dios, los Reyes Magos, el buey y la mula sabemos que está saltarina, invisible y, sobre todo inapresable, nuestra niñez.

Está ahí guardada, pero ya no nos pertenece. ¡Cómo nos gustaría volver a sentirla, aunque no fuese más que una vez al año, precisamente por Navidad! Luego cerramos la puerta, damos un suspiro y volvemos a las faenas del hogar; la vida continúa, aunque nosotros sigamos por un tiempo breve y maravilloso, prendidos en la dulce nostalgia del Nacimiento.

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