Columnas

La fascinación del poder

RUBÉN NÚÑEZ DE CÁCERES

En la Universidad de Stanford, en California, el profesor Philip Zimbardo dirigió un interesante experimento psico-sociológico con los alumnos de su clase. En un sótano de la universidad instaló a un conjunto de estudiantes y los dividió en 2 grupos: unos harían el papel de presos y otros el de carceleros. Y les pidió que actuaran como si en verdad ambos lo fueran.

El experimento debió suspenderse, porque superó aun los parámetros más impensables en dicha investigación, y pusieron al descubierto cómo los seres humanos reaccionamos de manera insospechada si los circunstancias que vivimos cambian, así sea en una simple representación de la realidad, como sucedió en este caso. A pesar de que todos ellos eran compañeros de estudios, los carceleros actuaron con brutalidad y sadismo y los que hacían el papel de presos aceptaron las humillaciones y el sometimiento que les impusieron sus supuestos guardianes.

Podríamos abundar en ejemplos de cómo este fenómeno transformacional tiende a repetirse, ahí donde el empoderamiento de alguien se da, cualquiera que sea el ámbito donde una persona es llamada a ejercer el poder. Y cómo es verdad lo que se afirma de que a menudo a mucha gente el solo aroma del poder le marea y en algunos casos hasta les hace tontos…lo que a veces pareciera ser una realidad.PUBLICIDAD

Es comprensible y explicable por otra parte, aunque no se justifique, que el comportamiento de alguien cambie cuando recibe la oportunidad y el privilegio de emplear el poder. Es fácil adivinar la profunda e íntima satisfacción que proporciona ejercerlo y que en algunos casos lleve a experimentarse como el “síndrome de Dios”. Pero también es posible que para muchos otros el poder sea identificado como prepotencia, soberbia y sujeción de otro ser humano y signifique, equivocadamente, dominio incondicional de los demás como un derecho sobre ellos y sus vidas. Y si además es absoluto, lleve inclusive a la corrupción y la maldad. Pero afortunadamente los que así piensan no son los más, sino los menos. Son aquellos que viven atados a títulos nobiliarios de la época medieval, que les seducen y además creen que se los merecen y son dominados por la vanidad y la fascinación de ser reverenciados como si de verdad fueran diferentes, seres muchas veces sin razón autopromovidos a dioses de segunda clase. Pero que por desgracia, han olvidado aquello de que “todos fuimos creados iguales” y que “todo poder viene de lo Alto”. Morelos se llamó a si mismo “Siervo de la Nación” y no “Alteza Serenísima” y los Papas Católicos firman con la frase “Siervos de los siervos de Dios” Y figuras religiosas de todo el mundo como el Dalai Lama y otros Gurúes, ven en la humidad y el servicio un testimonio de vida, ya que la verdadera diferencia se encuentra en la grandeza del corazón del hombre.PUBLICIDAD

El auténtico sentido del poder no se mide por la cantidad de personas que se tienen bajo una autoridad, ni la dan los nombres rimbombantes con los que alguien es llamado por sus fieles y sus seguidores; no se dimensiona por las apariciones en las páginas de los periódicos en las que lo ensalzan o por la cantidad de reflectores que los siguen; no está en la mención de títulos o en los puestos, adquiridos o heredados, ni en la llamada “nobleza de la sangre” porque la única nobleza real es la que brota de una alma bien nacida. Todo lo demás es polvo que el viento se encargará de disipar un día, como le recordaba el esclavo romano a su emperador cuando iba camino a la consagración: le mostraba a éste un estopa ardiendo en lo alto de una vara y tres veces en su triunfal recorrido le decía: “Mira, padre santo..así es como pasa la gloria del mundo”

Porque el verdadero poder, aquel que en verdad deberíamos reverenciar, es el que se usa para servir al otro, no para servirse de él; aquel que presenta al poderoso como un ser humano compasivo y empático, sin presunciones ni dobleces o protagonismos fatuos; el que no se dejó seducir por el canto de las sirenas que le aplauden y lo glorifican, a veces sin merecerlo, y acaban creyéndolo. Es el poder que se ejerce para el bien de la comunidad a la que se debe y por la que ha de cumplir con su obligación de hacerla crecer, más allá de alabanzas y elogios, porque es lo que se espera que haga. Y es el poder que se asume por aquel que lo recibe como una oportunidad que se le da para mejorar la vida de los demás a cuyo servicio está. Es el que enseña a las personas bajo su resguardo, que deben contemplar la luna que señala su mano, en lugar de la mano que la señala. Y es saber encontrar en todo eso su verdadera recompensa.

En una novela inglesa del siglo XVIII se narran las vidas paralelas de un rey y un bandolero. Mientras que el príncipe es cuidado por multitud de sirvientes que lo miman y lo protegen, el bandolero crece entre el fango y la suciedad, hasta que un día finalmente se convierte en ladrón. Así la vida de ambos discurre, la de uno en fiestas y agasajos y la del otro en riñas, reyertas y ambientes perniciosos y poco edificantes. Un día ambos mueren: el rey en su cama elegante y el asaltante en un arroyo sucio y maloliente, ignorado por todos.

…Si en verdad quieres saber lo que es un hombre, dále poder….

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