EL CAMARADA MANUELOVICH

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Por el futbol, Rusia está de moda y la civilización del espectáculo gira alrededor de ese país. En Monterrey, sin distinción por el apretado gentilicio, comemos “gringas” y tomamos “rusas” (con tequila, mejor). Nadie teme a lo “ruso”.

Adustos hasta la represión (Gustavo Díaz Ordaz), la historia de nuestros políticos se enmascara en el Tlatoani, el Cacique, el Virrey, el Dictador, el Señor Presidente. Culebrón en dramatismo (José López Portillo enjugándose una lágrima) o el gesto del idiota (la sonrisa de Vicente Fox), todo acartona. Ojo ebrio (Felipe Calderón) o figurín sin ventrílocuo (Enrique Peña Nieto), los presidentes apenas sonríen. Su Alta Investidura los desgarra.

Hay que celebrar el humor, el chiste o el disparate. Relaja que Andrés Manuel López Obrador se ría de los infundios “rusos”; Ricardo Anaya hace bien mofándose de sus memes; empáticos, José Antonio Meade y Juana Cuevas sonriendo en comunión en un spot sin editar.
El camarada Manuelovich se ríe de los infundios y de sí mismo. Reírse de uno mismo es un signo de salud, humaniza.

En su ensayo “Risa y penitencia”, Octavio Paz apunta:
“Los niños juegan a mirarse frente a frente: aquel que ría primero, pierde el juego. La risa se paga. Ha dejado de ser contagiosa. El mundo se ha vuelto sordo y de ahora en adelante sólo se conquista con el esfuerzo.

“A media que se amplía la esfera del trabajo, se reduce la de la risa. Hacerse hombre es aprender a trabajar, volverse serio y formal. Pero el trabajo, al humanizar a la naturaleza, deshumaniza al hombre”.

La seriedad electoral, históricamente, deviene en trampas, fraude. También por eso, el desengaño y el enojo. La risa nos regresa la libertad. Por fortuna, todos podemos reírnos de todos, menos de las trampas, a las que hay que condenar, como la corrupción y la impunidad, en la ciega seriedad de la justicia

Hay que contagiar entusiasmos, sonrisas, exiliar la sordera, dimensionar los esfuerzos. Uno de nuestros mejores analistas políticos es un cómico: Brozo, un payaso tenebroso (porque ilumina eso que los antiguos llamaban “tenebra”, no por otra cosa). En la paradoja digital, las guerras sucias ya no ensucian. Y así, pues que el camarada Manuelovich sonría y ría, por fin.