El mundo y México, a la espera

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Víctor Flores Olea
Es verdad, no parece haber grandes definiciones ideológicas en la actualidad, salvo una, muy probablemente. Pero el mundo continúa metido en guerras que parecen interminables, y en conflictos políticos sin claras definiciones ideológicas, o a los cuales ya no son aplicables los puntos de referencia anteriores, excepto, tal vez, análisis más detallados. Por supuesto, no se pretendería una definición simplista de conflictos casi siempre muy complejos en su origen y en su desarrollo, que hoy pueden tener múltiples causas: desde el género o la impronta sexual hasta la religión o creencias profundas, o ciertas creencias o convicciones ideológicas que no es fácil erradicar, hasta motivos de sangre o raza, o de inclinaciones personales que no es fácil definir.

Con lo anterior quiero ir, sin más rodeos, al hecho de que hoy los conflictos político-idelógicos han pasado, según parece, a segundo plano. La guerra fría, que en distintos momentos estuvo a punto de calentarse, tal vez hasta el punto de poner fin a la humanidad, tuvo de raíz convicciones socialistas o capitalistas, en algunas de las cuales la humanidad podría cumplir sus vocaciones, realizar su fines últimos.

Se trataba, sí, de convicciones filosóficas o políticas últimas, que debían realizarse a toda costa. Y para cuya realización o defensa tuvieron lugar hazañas intelectuales y creativas que todavía nos sorprenden. El repertorio de razones en favor o en contra de cada posición resultó abrumador, y mostró en muchos momentos el grado o nivel de desarrollo intelectual a que había llegado la humanidad, como algo sorprendente. Grupos sociales numerosos, incluso partidos políticos gigantescos, dedicaron sus esfuerzos y enteras energías a sacar adelante sus proyectos, hasta que la realidad, como la conocemos, se interpuso y llevó al fracaso a ambos proyectos, al primero, el socialismo, por las razones dictatoriales que sabemos y también por el hecho de que quedaron sin concretarse muchas de las promesas de futuro que había postulado. El capitalismo, por su lado, incumplió severamente también muchos de sus aspectos reivindicados y, además de caer también con demasiada frecuencia en regímenes totalitarios (e imperialistas), afianzó el enriquecimiento de grupos reducidos en las sociedades, que han hecho imposibles la democracia y la justicia social, es decir, cuando menos una redistribución de la riqueza mucho más equitativa. (En mi libro La crisis de las utopías amplío estas ideas; Anthropos, 2009, Barcelona.) Desde entonces, esta crisis se ha agravado, dejando en muchos sentidos sin esperanza a buena parte de la humanidad, aunque otros sectores parecen haber abandonado la perspectiva política y concentrado eminentemente en otras nociones, por ejemplo derivadas del pensamiento y de las técnicas digitales.

Las discusiones dominantes entre los jóvenes hoy parecen muy diferentes a las de hace 30 o 40 años y parecen concentrarse, por un lado, en la comunicación de datos y, por la otra, en la formación de grupos activos, e inclusive movimientos, a partir de los espectaculares avances últimos en estos campos. (Me temo, sin embargo, que no obstante estar cerradas en apariencia a las ideologías, en las discusiones más técnicas o filosóficas de la actualidad, en realidad están abiertas las compuertas del pensamiento capitalista en sus diversas modalidades, cada vez más radicales, que prevalecen en buena parte del mundo.)

Tal es la verdad en el mundo del capitalismo dominante hoy, con modalidades, pero al fin y al cabo el sistema como ganador indiscutible, con ventajas y privilegios ampliados para los más ricos, al mismo tiempo que los más pobres son obligados a cargar con miseria y carencias crecientes, incluso en los países adelantados. Teóricamente, sin embargo, los temas principales de reflexión se refieren antes que nada a cuestiones relacionadas con los mismos avances tecnológicos y en ocasiones cobran hasta matices éticos y existenciales de profundidad. Podríamos decir, las discusiones son más sobre las interrogantes y cuestiones que plantea el avance tecnológico mismo que sobre la naturaleza del sistema en que se han desarrollado tales avances. Un mundo dedicado al avance tecnológico (y a ganar dinero), más que una reflexión que pudiera ser profunda sobre la condición humana (inclusive en un mundo tecnologizado y hecho para lucrar) y su futuro.

Procurando sintetizar: la profundidad de la reflexión hoy se refiere directamente a las cuestiones tecnológicas y científicas y en mucho menor alcance a las cuestiones existenciales y del ser humano. Aunque es muy posible que los más profundos pensadores sobre las cuestiones tecnológicas y científicas lleguen por otros caminos a las cuestiones que nos hemos planteado durante generaciones, y que tienen que ver con el destino del ser humano en general. Es posible, pues, que el mundo no esté tan a la espera como podemos pensar, sino que esté llegando a sus conclusiones y políticas de una manera más indirecta de la que hubiéramos podido imaginar.

En México, en todo caso, las dificultades económicas aumentan, entre otros factores decisivos por el ingrediente Donald Trump, que parece aún lejos de definir una política económica que pueda ser favorable a Estados Unidos y, por tanto, de manera indirecta a nuestro país.

No podemos dejar de mencionar en este día al mexicano (junto a Lázaro Cárdenas) que, con más profundidad y detenimiento, pensó y tomó decisiones definitivas sobre la existencia y futuro de nuestro país: Benito Juárez.

Pero además, a mi entender, a pesar de los espectaculares avances científicos y tecnológicos a que ha llegado la especie humana, quedan aún sin respuesta algunas preguntas que el hombre se ha hecho desde siempre y que han de seguir siendo meditadas aun cuando jamás se tengan a la mano las respuestas definitivas. Pero sí consistentes y reales en ciertos momentos de nuestra historia: obviamente, en el caso de México, pienso en Benito Juárez y en Lázaro Cárdenas.

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