Columnas

La sangre de nuestros héroes

RUBEN NUÑEZ DE CÁCERES

Si los valles, campiñas y montañas de nuestra patria pudieran hablar, nos narrarían milagrosas historias, que en su seno un día gloriosamente acontecieron.

Nos contarían, por ejemplo del instinto mezquino del invasor que buscó perversamente extender sus dominios a nuestras expensas; del avance cruel y despiadado del poderoso que saqueó sus riquezas, a pesar del noble esfuerzo de sus valientes protectores por defenderlas; de la frenética disputa de que ha sido objeto, y tristemente lo sigue siendo, por propios y extraños en la estéril búsqueda de mezquinas victorias incluso fratricidas, pero sobre todo del rebelde arroyo de sangre de nuestros mártires, que se hizo surco luminoso que aún clama al cielo.

Como por una magnífica transubstanciación, la sangre de nuestros héroes, generosos defensores de la integridad de nuestro territorio, convirtió el sueño de un puñado de visionarios en la libertad de que hoy disfrutamos todos. En la subline ofrenda de sus vidas, otras fueron engendradas, y eso dio permanencia y sentido a nuestro destino como nación. El sacrificio cruento de nuestros próceres es hoy incruenta edificación de una patria ya no más disputada por la fuerza de las armas sino necesitada de la energía creadora del talento, el vigor de la tenacidad y la magia de la imaginación.

La sangre de nuestros héroes fue entonces y lo sigue siendo ahora como un crisol en que se purificaron nuestros ideales; riquísima savia con que se nutrieron las esperanzas futuras, certera visión tenida por el que ahora reposa en la tierra fértil y sagrada que multiplicó sus ansias y serena grandeza con que se construye la parte que nos corresponde en el destino de la humanidad. Gracias a la generosa efusión de esa sangre, hoy tenemos derecho y soberanía, integridad territorial y esfuerzo compartido, orgullo por nuestras raíces y esperanza cierta de una patria amorosa para con sus hijos.

Pero es precisamente por la sangre de ellos, que hoy ya no necesitamos ofrendar la nuestra. Redimidos por la que ofrecieron sin dudar nuestros héroes, hoy podemos dedicarnos a competir en este mundo, globalizado lo queramos o no, y triunfar en él por nuestra inteligencia y nuestra tenacidad, por nuestra cultura y nuestra educación, por nuestro empeño y amor al trabajo, y así construir un mejor futuro para nuestros hijos.

Hoy la patria, santificada ya por el cruento tributo de nuestros antepasados, reclama cada gota de nuestra sangre pero para que la engrandezcamos con nuestro esfuerzo y entrega al tiempo que edificamos un hogar comùn, en el que podamos vivir todos, a pesar de nuestras diferencias, como seres humanos y pensantes sin detrimento de lo que creamos, la ideología que profesemos, nuestro origen social o el color de nuestra piel, o las preferencias que privilegiemos. La lucha de nuestros héroes nos liberó de las ataduras exteriores. Nuestra inteligencia debe ahora liberarnos de las ataduras interiores representadas por las creencias erróneas, las ideas obsoletas y todos esos dogmas cuyo nefasto fundamentalismo continúa separando a los hermanos, aniquilando nuestros pueblos e impidiéndoles ser más grandes, pudiendo serlo.

Nuestro hermoso himno nacional nos dice que el cielo nos dio un soldado en cada hijo de esta noble tierra. Pero quizá el soldado que todos llevamos dentro no deba ser ya sólo el que empuñe un arma para defender su nación contra el enemigo extraño, sino el que usa su entendimiento para vencer la ignorancia, el que emplea sus manos para sembrar el campo y obtener sus frutos, el que en lugar de ofrendar su sangre por la patria amenazada, emplea todo lo que tiene en su corazón para impulsar el quehacer común y pone, en lugar del martirio, el trabajo cotidiano, para fortalecer a su país.

Porque es ahora cuando debemos pensar más imaginativamente en el país que queremos, abrazándonos todos en un proyecto común en el que se incluya también al que no piense, crea o viva como nosotros, porque esa es la verdadera solidaridad, la que nos conduce certera por el camino del auténtico desarrollo.

Por eso ahora la patria no nos pide ahora que la defendamos con nuestra sangre, sino que empleemos todo nuestro esfuerzo para construirla; no nos pide el sacrificio de nuestras vidas, sino que las empeñemos en el quehacer diario que la engrandezca y así fortificada se presente al mundo como paradigma de paz, armonía y trabajo. La lucha en la que hoy debemos estar comprometidos está en desterrar la indolencia, expulsar para siempre de nuestro horizonte la inconstancia y pelear cuerpo a cuerpo contra el ocio y los vicios que propician la invasión sutil de valores ajenos a nuestra idiosincrasia. Es, en fin, la que nos pide vivir para enriquecer nuestro patrimonio y ser de tal manera creativos, que podamos dejar nuestra hermosa tierra a las generaciones futuras, un poco mejor de como la encontramos.

En los días más difíciles de la defensa de Inglaterra, Winston Churchill afirmó a sus conciudadanos que ya sólo tenía para ofrecer a su país su sangre, su sudor y sus lágrimas. Sabemos que si la patria nos pidiera también a nosotros la sangre de nuestro martirio, gustosamente estaríamos dispuestos a ofrecerla. Pero lo que la patria nos exige ahora es el sacrificio permanente por el que los que vendrán puedan nutrirse de esperanza, como lo hicimos nosotros con la sangre de nuestros héroes.

Porque lo que nuestra patria demanda ahora es al héroe sencillo que con el sudor y las lágrimas de su esfuerzo, quizá rutinario, a veces retador pero siempre gratificante, haga fructificar esa sangre un día derramada, por quienes la soñaron para nosotros y para nuestros hijos, grande, libre y generosa.

Fuente: El sol de Tampico

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