LLERA; EL PUEBLO QUE VENCIO AL MIEDO Y DERROTO AL GOBIERNO

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Llera; El pueblo que vencio al miedo y derroto al Gobierno.

Posted by Mauricio Fernandez on Thursday, July 5, 2018

 

Cuando el pueblo se une hasta un humilde sapito puede ganarle al Gobierno

Por: Mauricio Fernández Díaz

Crónica de un triunfo anunciado

La tensión flotaba, densa, sobre el pintoresco pueblo enclavado en las faldas de la Sierra Madre Oriental, ahí por donde el hermoso Río Guayalejo baja regando con sus aguas el canto de las montañas.

Grupos de personas con miradas pétreas, cuerpos rígidos y caras crispadas iban llegando lentos, como el fluir de una corriente tranquila por fuera, rabiosa por dentro.

El clima, ese ardiente sol de Julio que rostizaba plantas y cuerpos no penetraba el animo de quienes, venidos de cerca y lejos esperaban expectantes el resultado de una elección en la que no solo estaba en juego el triunfo de un candidato, sino la dignidad y el orgullo de un pueblo hastiado de ser pisoteado en su libertad para decidir, para elegir, para ser libres e independientes.

Estaban ahí, congregados y dispuestos a todo; Tan seria vieron la situación las autoridades estatales que prefirieron cerrar con dos patrullas, una en cada esquina, el paso al Comité Municipal Electoral de Llera.

Era impresionante y profundamente conmovedor ver tan decididos a cientos de ciudadanos que por un dia se pusieron el mismo nombre, el mismo apodo, el mismo rostro de aquel que defendían; En esos momentos todos y todas se llamaban Hector Valenzuela y se decían “Los sapitos”.

Mujeres provenientes de ejidos alejados, vestidas con sus prendas características pintaban un paisaje que a la distancia daba la idea de aquellas leales, fieles adelitas de la Revolución mexicana, prestas a defender su causa, a gritar sus verdades, a combatir si era necesario.

Posturas corporales desafiantes, miradas retadoras, rostros imperturbables daban una idea estremecedora de lo que se podía desatar si eran provocadas por las lenguas que debían hacerles llegar el mensaje final, que para ellas solo podía ser uno: Ganó el sapito, SU sapito.

Las esquinas, la plaza, los arboles fueron convertidos en trincheras; Unas acá con sus hombres e hijos, otras allá haciendo grupo con vecinas y amigas, pero todas ellas respirando al mismo tiempo, vibrando con la misma sintonía, sincronizadas en una misma frecuencia; El pueblo había hablado a través del voto y nadie, absolutamente nadie podría torcer esa decisión.

Primero conteo, a favor; Inconformes, los adversarios encabezados por Martha Ponce exigen un segundo conteo; Segundo conteo, a favor tambien con unos pocos votos agregados a la cuenta del sapito.

La noticia se esparció como los polvos en una ventolera; “Ganamos, ganamos” era el mensaje que el viento llevaba a todos los rincones del municipio; pero cuando se esperaba se diera a conocer el gane limpio y absoluto del candidato independiente, las alas ya desplegadas del anhelado triunfo debieron volver a plegarse, sofocando el grito de  victoria que pugnaba por salir, irritando hasta el enrojecimiento los ojos cuando el Presidente Consejero del IETAM pidió se realizara un tercer conteo, esta vez abriendo todas las urnas y recontando todos los votos.

¿Un tercer conteo de todas las boletas de todas las casillas? ¿para qué? ¿Cuál era el objetivo? Como abejas con el aguijón presto a picar zumbaban los murmullos nacidos de la inconformidad, de la impaciencia, de un olfato colectivo sensibilizado a lo largo de décadas por la simulación y el engaño que podía percibir el tufo desagradable, maloliente que despide el fraude.

Nubes que presagiaban tormenta se aposentaron sobre el Comité Municipal Electoral, ubicado curiosamente en una propiedad de un expresidente con fama de torcido, de sinvergüenza, de tramposo.

Como para alimentar al monstruo de las mil cabezas un fuerte rumor se esparció entre la ya enardecida multitud; El sapito había sido llamado desde Victoria, amenazado por los dueños del poder para que cediera, doblara las manos y entregara el triunfo en manos de quienes tanto sufrimiento habían causado al pueblo de Llera.

Con el celular apagado, no había forma de confirmar el rumor, y nada hay mas fuerte que la duda y la incertidumbre.

Era comprensible el estado de zozobra anímica por el que pasaba la población. Durante el tiempo que duro la campaña de su candidato el temor fue la segunda piel de los simpatizantes del sapo y, a pesar de la tranquilidad que aparentaba, del sapo mismo.

De todos conocido en el pueblo era que, revestido de la impunidad que les brindaban las fuerzas de seguridad, bribones de baja monta habitantes del municipio se aprovechaban de la preferencia y querencia que el Secretario General de Gobierno manifestaba hacia la candidata para hacer desmanes, llegando a entrar al pueblo “echando balazos” sin que hubiera quien les pusiera alto.

“Peladitos estos, creen que nos van a espantar, ahora con mas ganas apoyamos y luchamos por nuestro candidato”, decía la voz de una mujer a quien en un intento de intimidación le cerraron el paso, la bajaron y encañonaron unos sujetos embozados. “traían unas pistolitas asi, chiquitas, se miraba que temblaban cuando les enfrente y mejor se fueron” relata la dama mostrando un carácter forjado en piedra, en granito, en ese material fundido que solo proporciona el saber sobrevivir a penurias, carencias, limitaciones, todos esos materiales que templan el espíritu y cincelan el carácter.

En esas horas aciagas, cuando la tensión se podía cortar con cuchillo y repartir en pedazos, no pudo ser mas desafortunado el discurso enviado desde la misma orilla del Rio Guayalejo, símbolo de Llera por el Gobernador de Tamaulipas Francisco Javier Garcia Cabeza de Vaca; un mensaje lleno de ominosas advertencias, de sesgadas amenazas, de puntuales represalias para quien no pensara y actuara como él.

Su voz, llena de ira, de rencor, de coraje retumbo entre los árboles que plácidamente mecen su pereza a la vera del rio, pero no logró intimidar a quienes iba destinado el mensaje; Al contrario, fue como si les clavaran las espuelas en los ijares, fue el catalizador para que cerraran filas y de ser una mano abierta que brinda su amistad, los dedos se juntaron para convertirse en puño dispuesto a defender, a repeler cualquier ataque con la fuerza que da la unidad en torno a un ideal, a un hombre que había, con hechos y acciones, ganado el corazón de todos ellos.

Ya podían regresar los encapuchados, abusar de su autoridad los policías, mandar mensajes intimidantes la primera autoridad del estado: El pueblo cerró el puño esperando el momento en que fuera necesario demostrar el poderío encerrado en ese fragmento de consigna gritado una y otra vez: “El pueblo, unido, jamás será vencido”

En tanto, dentro del Comité Municipal Electoral, el cansancio, la irritación y el hambre causaban estragos entre los representantes de los partidos, los funcionarios de casilla y los observadores electorales; El lugar no contaba con las mínimas comodidades requeridas en una tarea de tal envergadura, por lo que solo la prudencia y el amor a las camisetas hicieron el milagro de no prender la chispa de un conflicto interno.

Algo queda claro; si hubo consigna gubernamental para torcer la voluntad popular, se dio marcha atrás ante las consecuencias desastrosas que hubiera tenido imponer por la fuerza a quien el pueblo no había elegido presidente.

El final de la agonía fue marcado primero por el estruendo inconfundible de los cohetones, esos que presagian celebraciones y estremecen el alma cuando se sabe lo que significa el escándalo que producen; Gritos, porras y vivas acompañaban a la ola humana que al unísono empezó a moverse densa, sólida como un escudo en tiempo de guerra pero cálida y tierna ante la presencia de ese pintoresco personaje que logró aglutinar, reunir en torno a un ideal a la muchedumbre que hoy lo vitoreaba a una sola voz.

Era la apoteosis, el éxtasis que brotaba impetuoso, las voces que rompían el silencio y alegraban el alma; Ahí, ante el sapito se desbordo la alegría ya desatada cuando se anuncio que, por tercera ocasión, en el tercer recuento de votos había vuelto a salir airoso el hombre que con su sencillez y humildad les había robado el corazón.

Fue todo un espectáculo ver como no lo dejaron ni hablar; sin pedir permiso lo alzaron en hombros y cual torero lo llevaron en vilo en una vuelta completa a la plaza del pueblo.

¡SI SE PUDO, SI SE PUDO, SI SE PUDO! Era el grito que salía no desde la boca, sino proveniente del corazón y, como la madre que abraza al hijo prodigo, la multitud lo envolvió con efusivas y espontaneas muestras de cariño.

En un momento de calma, Hector de la Torre Valenzuela -que es el nombre del sapito- con ojos acuosos y la voz quebrada por el esfuerzo de contener las ganas de expresar con lágrimas sus sentimientos, se comprometió a trabajar duro, a cumplir sus promesas y sobre todo, a seguir siendo “el humilde sapito, el amigo de todos ustedes, el que estará ahí cuando lo necesiten, cuando requieran el apoyo no tan solo del presidente sino de un amigo, de un hermano, porque eso es lo que somos, hermanos ante los ojos de Dios”

Fue un inolvidable momento, que permanecerá ahí, grabado en la memoria de los llerenses por tiempo indefinido, recordándoles que todo es posible cuando se lucha codo a codo, hombro con hombro y sin miedo, protegidos por ese gran escudo forjado con el corazón, la razón y la decisión.

Ahora, el sapito deberá regresar la copa, responder al amor de su pueblo, esforzarse mas alla de lo posible por quienes entregaron todo a cambio de un ideal, de una esperanza, haciéndonos recordar que ¡SI SE PUEDE! Y QUE EL PUEBLO, UNIDO, JAMAS SERA VENCIDO.

 

 

 

 

 

 

 

 

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