PRI, CONVERSION A LA DERECHA ¡YA!

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Ante las complicadas condiciones de la competencia electoral, que lo tienen contra las cuerdas, el PRI se ha impuesto un reto inesperado y mayúsculo, revivir las ideologías. Justo ahora que los principios de los partidos se han desvanecido y que los de izquierda cohabitan con los de derecha sin ningún tipo de vergüenza, como el PRD con el PAN o Morena con el PES, el PRI parece dispuesto a revivir una ideología, la de la derecha conservadora.

Lo puede intentar porque los principales candidatos del PRI, José Antonio Meade y Mikel Arriola, que van por la Presidencia y por la Jefatura de Gobierno, respectivamente, ni siquiera son priistas. Nunca han militado en el tricolor, son candidatos ciudadanos, de manera que no se  sienten atados a ninguna idea que no sea buscarle por donde haya votos sueltos, votos sin dueño, como es el caso de la derecha en la Ciudad de México, donde el PRI ha encontrado inesperados compañeros de viaje que antes paseaban con otros partidos.

A nadie le gusta recordar esto, pero es parte de la historia del país. El Estado mexicano existe a pesar de la jerarquía católica. No hace mucho escribí en este mismo espacio que en los momentos decisivos de la historia patria la jerarquía se ha puesto al lado de los adversarios del Estado. Una aseveración ruidosa pero cierta. No hablo, para evitar equivocaciones, de creencias personales, de visiones de lo que ocurre después de la muerte, el paraíso o el infierno. Nada de eso. Eso es propio de otra dimensión. Hablo de la jerarquía católica como el más antiguo y persistente poder fáctico en el país.

Su principal misión como grupo de poder ha sido someter al Estado laico mexicano. No se conforman con pescar almas, que para eso están. Quieren que todos, creyentes o no creyentes, vivan como ellos quieren y que si no lo hacen el Estado los obligue, por medio de leyes, a hacerlo. Así las cosas, la separación de la Iglesia y el Estado ha sido un seguro de vida para el Estado mexicano que de otra manera se hubiera desvanecido desde tiempos de Benito Juárez. Si el Estado mexicano no hubiera sido laico, no existiría.

Hace menos de cien años soldados federales, a las órdenes del gobierno emanado de la Revolución que creó al PRI,  y guerrilleros cristeros, guiados por curas y monjas, protagonizaron un baño de sangre en el país. La Guerra Cristera abrió muchas heridas que cicatrizaron mal.

La ofensiva de la jerarquía católica en contra del matrimonio igualitario o el aborto desempolvó rencores que algunos pensaron superados, pero no. Hace unos años, con Meade y Arriola ya ocupando altos puestos del gobierno, los obispos se enojaron con la iniciativa presidencial de matrimonios igualitarios, hablo de Enrique Peña, y empezaron a despotricar. El gobierno se asustó y sacó el pañuelo blanco para pedir paz. Los obispos insultaron al Presidente y trataron con rudeza innecesaria, de forma inclemente diría, a la comunidad homosexual.

Meade y Arriola no solo olvidaron el episodio sino que ahora se quieren sumar a las causas de la iglesia para ganar votos. En la elección del 2015, el clero, en su lucha contra el matrimonio igualitario, se metió de lleno en el terreno electoral. Los obispos recordaron que su ira puede influir en el sentido del voto. Pocos años después, el PRI recorre el camino y se acerca a la derecha, perpetrada detrás de un modelo único de familia, para volverse competitivo y pedirles que acarren votos para ellos.

jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan