La demagogia fácil

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Marco Rascón

A lo largo de su trayectoria política, Andrés Manuel López Obrador ha tenido el fino cuidado de mantener su imagen impoluta frente al pueblo. No es una tarea fácil, sobre todo estando en medio de las leyes escritas y no escritas de la política y los intereses que mueven a los protagonistas.

Fue fácil lanzar la reforma a favor de Televisa y dejar la responsabilidad del voto unánime a Pablo Gómez, quien en ese momento buscaba la senaduría y, de no plegarse al mandato, la perdería.

Fue fácil decidir apoyar la candidatura de Ana Rosa Payán en Yucatán y luego, ante el reclamo y el escándalo por la incoherencia ideológica, tener a un abyecto como Leonel Cota para echarse la culpa y hacer de su servicio un patrimonio, como hacía con Roque Villanueva cuando era diputado sumiso del PRI.

Fue fácil llamar a “cero negociación” y que en respuesta diputados y senadores se fueran a negociar, pues la realidad es más poderosa que la fantasía, y ahora es fácil acusar de blandengues a sus correligionarios del Frente Amplio Progresista (FAP) por “no haber sido demasiado firmes para detener el aumento a la gasolina”.

Fue fácil calentar el ánimo y lanzar a la convención nacional democrática al Zócalo el 15 de septiembre y luego retroceder, enviando a Rosario Ibarra y Jesusa Rodríguez a enfrentar ánimos exaltados y la guillotina de sus fanáticos que se ilusionaban tomando Palacio Nacional, mientras él descargaba insultos cómodos desde un municipio de Oaxaca.

Andrés Manuel López Obrador sabe del desprestigio de que gozan partidos y legisladores y por ello, de la misma manera que ha hecho anteriormente, le parece cómodo esconder la mano y responsabilizar a quien sus seguidores ya han enjuiciado, gracias a él, como “traidores”.

En este idilio destructivo, tanto partidos del FAP como legisladores y gobernadores mantienen la cabeza agachada ante el temor de ser acusados de traición, lo cual se les dosifica a cambio de la entrega de prerrogativas, pues es claro que tanto los gobernadores como los legiladores y los partidos son la fuente de recursos del llamado “gobierno legítimo”, que no es más que una forma de mantener una candidatura perpetua.

La acusación de falta de entereza es extraña en sí, pues en lo político él mismo propuso “cero negociación” y para todo mundo es claro que aun teniendo lo mismos votos de Felipe Calderón, lo cual permitiría una base sólida de alianzas programáticas a nivel legislativo, el líder decidió congelarlas hasta que él no llegara a la Presidencia en 2012.

¿Cómo impedir el aumento a la gasolina sin alianzas y si no se tiene la mayoría? ¿Tomando la tribuna? ¿Desprestigiando más su propia fuerza política en actos vanguardistas cuando electoralmente se tienen reconocidos 15 millones de votos?

Es fácil montarse sobre el desprestigio de partidos y diputados. Su desprestigio y las fustigaciones sirven, sin embargo, para ocultar la incoherencia propia y el estado de liquidación de su propia fuerza. Es fácil que el fanatismo diga que una cosa son sus subalternos, pero otra sería si él hubiera estado: entonces sí irían a fondo en busca de la guerra total contra el aumento a la gasolina y el Estado Mayor Presidencial que controló el Zócalo el 15 de septiembre.

Su declaración del sábado, dado ese comportamiento y su decisión de haber optado por “un gobierno legítimo” y paralelo, genera más división, más desconfianza y agranda el proceso de descomposición de su propia fuerza. Su renuncia a encabezar a su fuerza política ganada en las urnas y darle liderazgo a sus diputados y senadores en un proceso de reformas, y no sólo de rechazos, significó un enorme tanque de oxígeno para el PRI y Elba Esther Gordillo, quienes ante el vacío ejercen en ausencia de la segunda fuerza el liderazgo de la oposición y de ello se benefician.

Fue fácil lanzarse contra el desprestigio de los suyos para salvar el propio y no enfrentar la responsabilidad de errores que por sistemáticos parecieran parte de una contrainsurgencia afinada para que la derecha no tenga oposición alguna.

Ésta es la fuente de la inexistencia de la izquierda, donde los grupos que dicen representarla son incapaces de defender convicciones y programas y por tanto se conducen como ovejas en un rebaño.

Desde hace tiempo se sustituyó el análisis, las convicciones y el debate por la demagogia. Se ha pensado que catalogando todo de “acciones de la derecha” basta para mantener la identidad progresista, pero ya causa extrañeza que, más allá de las caracterizaciones en campaña del adversario político, no haya nada claro respecto de hacia dónde vamos y por qué camino.

La demagogia plantea un lenguaje radical rupturista y una actitud negociadora, sierva de la realidad. En ninguna de las dos partes hay entereza ni congruencia, pues los del discurso radical no asumen las consecuencias de su análisis y quieren seguir viviendo de las prerrogativas que da el sistema, y los reformistas adquieren una posición vergonzante, dual y confusa que los hace parecer traidores ante su base y ridículos frente a sus oponentes y adversarios.

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